dimarts, de novembre 30, 2004

 

Mi oportunidad

Para los que suelen aburrirse haciendo lo mismo siempre, les invito a hacer el simple ejercicio de pensar en algo que echen de menos y que cuando lo tenían por entonces, solian aburrirse igual que ahora. Que se den cuenta que, en el fondo, somos caprichosos y no sabemos apreciar las buenas oportunidades que la vida nos ofrece a modo de "Carpe Diem".

Hoy estoy aquí, delante del ordenador, pensando si debería o no aportar algo personal (aunque el resto de blog tambien lo sea, pero no tan directo y facil de ver). Hoy estoy aquí meditando qué puede interesarle a la gente de #mensa que ya no sepa o sospeche, y ciertamente, en alguna ocasión me he dicho "no tengo nada interesante que contar". Pero si me conformase con esto perdería una gran ocasión de hacerlo. ¿Quien sabe si esta tarde me dará un corte de digestión al mezclar yogur con mandarinas y me moriré al instante?. La vida (y la muerte) se interponen en las oportunidades.

Empecemos.

Las imagenes de mi infancia transcurren entre campos de trigo, granjas de cerdos, masias, bicicletas y tabletas de chocolate. Y en ese universo alguien que apareció en mi vida como el mejor amigo de todos, del que me fascinaba verle llegar a mi casa en su bicicleta, con su pelo rubio al viento, brillando como hilos de oro iluminados por el sol. Yo le decía a mi madre porqué no podía tener ese pelo rubio y claro, mi madre con toda la paciencia del mundo me decía que no podía ser, que si ellos (mis padres) no lo eran, tampoco podía serlo yo (por entonces no estaba de moda que los hombres se tiñieran). Estaba destrozado y, en cierta medida el tener a mi lado a ese chico rubio, me hacía tener un sentimiento de pertenencia especial.

A mediados de los 70 nos fuimos para Barcelona. Allí los rubios se multiplicaban a mis ojos y fogonazo en la mente me puso en el mundo que me iba a tocar vivir. No podía eludir la atracción que me producían algunos chicos. Luego fue apoderándose de mi la idea de que no solo buscaba a los rubios por una cuestión estética sino por otras cosas. Y así creció en mi la amarga sospecha de que era un marica de esos que tanto se burlaban en mi colegio.

En los 80 yo era presa de un pánico crónico pues canalizaba mis instintos "prohibidos" de forma intima e inconfesable: poesía de Kavafis, de Cernuda, de Rimbaud, de Verlaine; Oscar Wilde, E.M.Foster, Ackerley, Vaugham; música de David Bowie, películas como "Feliz navidad, Mr. Lawrence", "Dentro del laberinto" (en las que sale él), y todo el resto de iconografía cultural gay que os venga a la cabeza. Y es que el pelo rubio y la homosexualidad, juntas ambas me producen un emoción dificil de explicar.

Concretamente David Bowie es mi referente inmediato a ese mundo, que me transporta a una época enfermiza y, a la vez, entrañable. Es mi ídolo, mi ícono, mi dios. Mi tontería de juventud, una pasión desmesurada, mi gozo y mi ruina.
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